Las dos palabras que mejor explican el amor por una madre son ejemplo y admiración. Ellas se convierten muchas veces en el principal ejemplo para sus hijos y, cuando crecemos, nos damos cuenta de todos los problemas que nos ocultaron mientras éramos niños para que no nos afectaran.
Aunque complicadas, las historias de las mujeres suelen ser admirables. Los casos de esas que matan brutalmente a sus hijos sólo confirman la excepción, pues todas las demás deben de ser santas. “Comprendo a las que tiran a sus hijos por la ventana —me comentaba una madre en broma hace unas semanas— yo todos los días tengo momentos en que al mío también lo lanzaba”, decía.
Hoy quedan cada vez menos madres con tiempo que dedicar a sus hijos. El dinero que trae el marido a casa ya no basta, hace falta el trabajo de dos. Que el hombre y la mujer puedan asumir las mismas funciones ha traído muchas cosas buenas, pero no es machista decir que esta igualdad ha propiciado que perdamos las funciones que las madres solían ejercer en las familias.
Hay madres que, pudiendo alcanzar grandes puestos en sus empresas, elijen dejar de competir por ascender para dedicar más tiempo a sus hijos. Son admirables también las que no pueden dejar de dedicarle tiempo a su trabajo pues, de lo contrario, no lograrían sostener la economía familiar, pero que exprimen las escasas horas libres que pueden consagrar a la educación de sus hijos. Todas estas trabas de la sociedad hacen que hoy sea cada vez más difícil ser una mujer y cada vez más meritorio ser madre.
Sabias palabras las tuyas, toda mi admiración hacía esas madres, y suerte que tienen de serlo. Yo no puedo serlo porque mi jefe me despidió y con el sueldo de mi marido no puedo permitírmelo económicamente. Me despidió porque falté al trabajo, mi padre, mi verdadero ejemplo y mi verdadera admiración, tuvo que ser ingresado en pronostico grave y no quería separarme de el en esos duros momentos en los que me necesitaba. “Como falte un solo segundo sabe a lo que se enfrenta´´ me dijo el todopoderoso.
Gracias a Dios, y a la humildad y humanidad de mi padre, yo si pude disfrutarlo siempre que lo necesité, su familia siempre se anteponía a todo lo demás, dinero y poder incluidos, eso me compensa todo, la justicia divina es la única justa, sobre esa no mandan los todopoderosos, y ya llegará mi sentencia.