Se acabó. Graduado. Por fin… Bueno, lo cierto es que lo que en verdad siento son ganas de parar el reloj ahora mismo, habiendo recién acabado la carrera, pero con un piso en Pamplona todavía. De hecho, querría haber podido retenerlo hace ya unos meses. Para continuar aprendiendo, para seguir conociendo Pamplona, Navarra y todo este Norte extraordinario que he descubierto gracias a la Universidad, para seguir saliendo a Sancho el Fuerte cada mañana sin saber si sacar el paraguas, los esquís o la sombrilla. En definitiva, para seguir viviendo un poco más estos años únicos que ahora se acaban.
Sin dejar de preocuparnos por el futuro, los que nos vamos de Pamplona llevamos una buena rachita mirando atrás con morriña. En mi caso llevo repasando estos años desde que se graduasen los del 2013.
En ese ejercicio de mirar atrás he terminado reconociendo que en primero donde más disfruté fue dentro de la facultad, y es que volver a mi habitación era como entrar en la Edad Media, aunque las conspiraciones y debates animaban bastante las noches belagüinas. En segundo viví hasta en cinco sitios distintos (estuvo la cosa animada) y conocí mi amadísima hemeroteca— oficialmente “Sala de Referencia” —y sus eficaces impresoras. Gracias a Dios, el penúltimo año conocí a una encantadora y sobre todo pacientísima Inma gracias a quien no he vuelto a pelear con uno de esos aparatos. Entonces, las horas que ya no perdía en imprimir empecé a usarlas para viajar. Bilbao, San Sebastián, Burgos, Santander, Ciudad Rodrigo, Lerma, Salamanca, Segovia, el resto de Pamplona y, evidentemente, Madrid.
De repente se acaba el curso, ves que sólo te queda uno, empieza la nostalgia y das una vuelta a tus prioridades, hasta entonces sustancialmente materiales. Ahora sé que el auténtico motivo por el que quiero parar el tiempo es por algo de lo que sólo me he dado cuenta en este último curso pero que, eso sí, he tratado de exprimir al máximo. Se trata de algo a lo que nunca más tendré acceso: tener al alcance en un mismo lugar, en una misma ciudad, en el mismo aula y casi en el mismo barrio (algunos incluso en la habitación de al lado) a tantos buenos amigos. Querría parar el tiempo, pero está claro que no puedo, y creo que es precisamente eso lo que ha hecho tan especial cada momento de este último año en Pamplopus y tan difícil la despedida. Muchas gracias a los culpables.