
El sol brilla fuerte desde lo alto, envolviendo el sonido de un megáfono que reparte palabras de consuelo, ánimo y súplica de los organizadores del movimiento Democracia Real Ya (DRY). Los viajeros del metro de Madrid asoman lentamente a la superficie por las escaleras mecánicas, mientras ven colarse los rayos solares entre los huecos triangulares de la oruga de cristal que sirve de salida principal para la estación de Sol. En esta ocasión, el armatoste está cubierto de carteles cuyos mensajes sólo pueden leerse desde el exterior. Una vez fuera, los viajeros van descubriendo una imagen de la plaza desconocida en la historia de la ciudad: cientos de personas se reúnen bajo plásticos y cartones o en tiendas de campaña. El olor putrefacto que se respira a la salida de la boca del metro recuerda a sudor acumulado y a alcantarilla, e impregna toda la Puerta del Sol, donde acampan los “indignados” del movimiento DRY.
Entre los turistas, sorprendidos (aunque la mayoría con conocimiento de causa), hay quienes se asustan y huyen hacia otros lugares del centro de la capital. Y quienes sienten curiosidad por lo que sucede se adentran entre los plásticos. Los segundos descubren algo parecido a un barrio de “chabolas” que, después de dos semanas de acampada, ha alcanzado una asombrosa organización. El olor del principio parece que desaparece a medida que la nariz se acostumbra a él.
Entre los plásticos, una red de pasillos divide las distintas zonas del recinto sirviendo de paso para periodistas y curiosos. A los lados, los “indignados” – como se hacen llamar los manifestantes, acampados bajo el eslogan “Yes, we camp” – descansan sobre sacos de dormir y sábanas que les suministran los organizadores de la protesta. En una de las casetas de plástico, un perro salchicha acompaña a su amo intentando hacerse un hueco entre las sábanas. Sorprende la increíble organización del lugar. De un pequeño espacio para quienes enferman pende un cartel grande que reza “RESPETA el trabajo de los enfermer@s. Respeta la intimidad de los pacientes. En la enfermería NO hagas fotos”, junto a un dibujo ilustrativo. Además, en ciertas zonas del recinto animan con pancartas a los visitantes a dejar su firma a favor de las causas que persiguen; entre ellas, listas electorales abiertas y más medidas contra la corrupción política.
Desde este pasillo, se ve cómo los acampados combaten el aburrimiento y las nefastas condiciones en las que viven con juegos de mesa u otros juegos inventados con cacharros que sobran. Las pintas de los “indignados” son malas, pero los carteles que cuelgan por todas partes – recordando al movimiento hippie de los años 70 – dan mensajes positivos. En mitad del campamento, los ánimos de una madre a los “indignados” se muestran en una carta emocionante que reza “Hijo, trabaja para vivir tu propia vida”. Según el escrito, el hijo perdió la vida trabajando, con sólo 22 años.
Empieza a llover. Alrededor de la plaza, las posturas de los comerciantes con respecto a la protesta varían casi tanto como comercios hay. Una vendedora de lotería, ante la pregunta de si son ciertas las quejas de algunos que dicen tener pérdidas en su negocios, asegura estar a favor de los “indignados” y considera las quejas “una patraña”, ya que, según ella, la crisis ya estaba antes, y la caída de las ventas desde el inicio del asentamiento es ridícula. Según la mujer, merece la pena.
A tan sólo 10 metros un quiosquero discute con un amigo sobre el escritor y periodista Arturo Pérez-Reverte. – Le compró un boleto a un pobre, entró en El Corte Inglés, compró un libro, lo firmó y se lo regaló. – dice con voz ronca el amigo, de unos 70 años. – Ahora se ha estropeado, pasa poco por aquí – contesta el dueño del kiosco, con tono enfadado y melancólico –. Le jodieron con la película ésa, que no tiene nada que ver con el libro. – ¿Qué les parece lo del campamento?¿Sirve de algo? – pregunto a los comerciantes, viendo que terminaba la conversación –. ¿Son ciertas las quejas de algunos vendedores que dicen tener pérdidas, o es todo una mentira de unos pocos? El hombre de voz ronca responde con disgusto: – ¡Manda huevos!, quédate aquí cinco minutos y verás, chaval – marchándose enfadado. El dueño del quiosco, más prudente, me dirige la mirada y comienza a explicar cómo “la primera semana todo iba bien”. Al parecer, uno de los fundadores habló con él personalmente para contarle el plan, pero dice haberle llegado rumores de que éste ya se ha marchado de Sol al “írsele el plan de la manos”. Según el hombre, de unos 40 años, el viernes anterior a las elecciones “la mala gente que sólo quiere café gratis por las mañanas” comenzó a llegar, lo que ha acabado ocasionándole pérdidas del 50% en su negocio. La solución, según él, convendría que fuese pacífica; le parecieron “feas” las imágenes de Barcelona. Aún así reconoce que a los doce policías heridos “no les hirieron con flores”, pero que “los medios sólo quieren noticias, y cuanto más dure esto mejor para ellos”. Para de llover. Tras diez minutos de conversación, llega la primera persona a comprar la prensa y el quiosquero comenta: “Si se saca algo…bien, pero esto debe acabar ya. No podemos aguantar así mucho más”.
A medida que los comerciantes dan su opinión surgen quejas y apoyos diferentes. En una heladería una mujer de acento sudamericano dice no poder hablar, ya que le vigilan con una cámara. En un Pan’s & Company, admiten que sus ingresos continúan “casi iguales”, aunque les ensucien los ‘indignados’ los cuartos de baño, yéndose sin consumir nada. Ahora bien, entre los que protestan, donde algunos dicen ser los verdaderos indignados, todos coinciden en que fue el viernes antes de las elecciones autonómicas cuando la acampada comenzó a degenerar.
Mientras tanto, la afluencia a la plaza es cada vez mayor y la gente tiene dificultades para desplazarse alrededor del pasillo circular que han dejado los acampados. Entre la multitud, un hombre disfrazado de payaso con un paraguas de colores grita “está lloviendo amor”, animando a los transeúntes a darse besos y abrazos. El micrófono vuelve a oírse recordando las palabras que una vez dijo el ministro del Interior, Pérez-Rubalcaba: “La Policía no está para generar problemas”. Tampoco se olvidan los indignados de Esperanza Aguirre, presidenta de la Comunidad de Madrid, a quien piden “esperanza por los que no tienen trabajo”, y le recomiendan “que se relaje y se vaya a un crucero mientras nosotros estamos aquí”. “Yo no puedo invitarla porque soy un pobre diablo”, dice el hombre detrás del megáfono.
En el extremo contrario de la plaza, bajo el reloj de la Puerta del Sol y junto a seis furgonetas de la Policía que protegen el emblemático edificio, una más pequeña suministra electricidad a la tienda de campaña que emite por radio la última hora del la protesta. A sólo 15 metros, los lavabos, precintados con unas cintas donde se lee “Cerrado por limpieza y mantenimiento”, desprenden un olor nauseabundo que obliga a alejarse de la zona.
Son las 12:30 de la tarde y, alrededor de la boca de metro con forma de oruga, ha comenzado a reunirse gente.
– ¡La junta!¡La junta! – grita uno dentro del campamento –. ¡Ha empezado!
Muchos “indignados” se han sentado frente a uno de los costados de la boca del metro. Encima de un andamio, periodistas con sus cámaras enfocan hacia el público, y se hace casi imposible moverse alrededor de esa zona por culpa de la conglomeración. El olor a sudor vuelve debido al calor del sol y a la concentración de gente. De repente, un hombre de pelo rizado habla por el megáfono recitando los logros conseguidos y los objetivos que les quedan por delante. A su lado, dos mujeres vestidas de camiseta y pantalón negro gesticulan traduciendo sus palabras al lenguaje sordomudo. Tras cada logro u objetivo que aquel hombre grita por el megáfono, cientos de personas levantan sus manos haciéndolas vibrar: es el gesto de la revolución DRY.