El futuro de Mariana depende de los pepinos

Mariana recién ha cumplido los once años, y se levanta cada mañana temprano para ayudar a su padre a trabajar el campo. A las siete de la mañana le despierta su abuela y, a y media, ya está en pie preparada para lo que haga falta. Su padre le repite cada día que es su niña preferida, pero ella sabe que no tiene más que una; es hija única. Sus luminosos ojos verdes, su cabello rizado desordenado y sus atractivos labios carnosos a él le enamoran. Ve en ella el último y mejor recuerdo de su mujer, quien murió hace tres años por culpa del cáncer.

La vida les sonreía más entonces. Él se ocupaba del campo y su mujer de los quehaceres de la casa, aunque siempre ayudaba a su marido en lo que hiciese falta. Era una familia perfecta. Años antes, a ella le conocían por ser la mujer más guapa de Arcos de la Frontera, mientras que él, un apuesto chico de ciudad (de Cádiz), cuando llegó por primera vez al pueblo, no cayó bien. Tras casarse, tuvieron que marcharse de Arcos, ya que ambos habían recibido amenazas de vecinos, y no consideraron oportuno formar ahí su familia.

La llegada de Mariana no tardó. Además, su padre había decidido comprar un terreno lo suficientemente grande como para cultivar pepinos y formar un negocio. La idea fue un éxito; los pepinos se distribuyeron primero por España y más tarde por Europa.

Desgraciadamente, los éxitos continuos de la familia pararon de golpe con la muerte de la madre de Mariana. Fue el año más difícil para la familia; Mariana, con su padre, vio cómo los ojos de su madre, antes luminosos y alegres, lentamente perdieron su vida y estuvieron cada vez más cansados. El cáncer de útero acabó con su vida.

Fue entonces cuando llegaron primero la crisis y más tarde las deudas. Además, la familia Mateos, que hasta entonces había repartido los pepinos por España y por Europa, dejó de pagarles la parte que les debía.

–        ¡Devuélvanme mi dinero, lo necesito! – suplica él desde hace ya un año cada vez que habla con los Mateos, viendo que pierde todo por lo que ha trabajado durante los últimos años.
–        Perdone, pero en este momento no le podremos dar nada. El mes que viene, si Dios así lo quiere, le pagaremos lo que le pertenece – responden éstos fríamente.

Mariana ya es suficientemente mayor como para darse cuenta de la mala situación económica que se vive en casa. Lleva un mes intentando recaudar dinero entre sus amigas de clase para entregárselo a su padre. Ha conseguido reunir 15 euros; “todo un logro”. Mientras tanto, ayuda haciendo las tareas de las que se ocupaba su madre, aunque, por ahora, Mariana puede ser de poca ayuda. Aún así siempre está ahí su abuela, quien no dudó en mudarse con ellos nada más morir su madre.

Este mes, los ingresos han bajado por culpa de lo que llaman “crisis del pepino”, lo que le ha hecho plantearse a su padre el futuro de Mariana. Antes, imaginaba cómo su hija iría a la universidad y triunfaría. – Es lista y guapa, ¿qué más le falta? – le interrogaba a su suegra. Pero hoy la situación es diferente; él ya no cree que podrá reunir el dinero suficiente como para poder enviar a su hija a la universidad. No sólo eso, sino que, cuando Mariana crezca, entonces sí que le hará falta su ayuda para salir adelante.

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